EL FORTALECIMIENTO DE LA EMPLEABILIDAD DE LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS ANTE LOS RETOS DE LA SOCIEDAD DIGITAL

Artículo publicado en la revista  Studia XXI, dentro del trabajo Transformación digital de las universidade: hacie un futuro post pandemia

Universidad digital empleabilidad

En un país que se caracteriza por la diversidad de sus centros de enseñanza superior, por sus desiguales resultados docentes, investigadores y, sobre todo, por los distintos niveles de empleabilidad de las universidades, los rankings universitarios españoles son prácticamente desconocidos y postergados por los medios de comunicación –que prefieren hablar de nuestro rendimiento global en las clasificaciones internacionales de Shanghai, Times o QS–.

A pesar de que contamos con una de las mejores clasificaciones universitarias que presenta anualmente el U-Ranking –elaborado por la Fundación BBVA y el Ivie (Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas) y que incorpora el índice de empleabilidad según el tipo de estudio cursado y el centro–, son pocos los estudiantes que consultan este informe antes de tomar una decisión. No es de extrañar, por tanto, que los nuevos grados con más salidas profesionales se quedan desiertos en España (U-Ranking, 2020).

Cuando nuestros estudiantes eligen su carrera, por lo general, no saben las salidas laborales de las mismas o si el trabajo que van a realizar les gusta. Su principal motivación es el grado de satisfacción con asignaturas cursadas durante el bachillerato. A pesar de este déficit de orientación educativa, voy a adelantar los que considero tres de los principales problemas que afectan a la empleabilidad de los estudiantes universitarios: la escasa implicación de los docentes, las estrategias ambivalentes en materia de alfabetización digital y el déficit de colaboración-universidad empresa. 

Como es sabido, los requisitos de cualificación para llegar a ser profesor universitario y el posterior desarrollo de su carrera académica son establecidos por las administraciones central y autonómica. A través de las distintas agencias de acreditación, se clasifica y valora el nivel de méritos de las actividades docentes e investigadoras de los solicitantes que, junto con la formación académica, dan el acceso a las diferentes figuras de profesor universitario.

Sin embargo, esos sistemas de evaluación de los docentes no contemplan suficientemente algunos elementos que redundan en la empleabilidad de los estudiantes, entre los que habría que destacar el acceso y participación en proyectos de carácter tecnológico.

Por lo general, podríamos decir que los docentes no disponen de incentivos para preocuparse de la empleabilidad de sus estudiantes, ya que este punto no se valora en su currículum, centrado únicamente en la docencia y la investigación. Aun siendo un ámbito fundamental la cooperación entre la universidad y la empresa –se trata, de hecho, de una de las misiones que tiene conferida la universidad–, la participación de los profesores en este ámbito es más bien escasa: más del 75% de los académicos declaran no participar de ninguna forma en labores como el asesoramiento y movilidad de los alumnos o en investigaciones participadas con el sector profesional.

La cooperación, a su vez, es especialmente reducida en la elaboración de los planes de estudio, contenidos de las asignaturas, ofertas conjuntas de formación o la simple participación de profesionales en informar al alumnado acerca del sector industrial. Así lo confirman las directrices del Consejo de la Unión Europea en sus recomendaciones específicas a España, cuando llaman a “incrementar la cooperación entre los sectores educativo y empresarial con vistas a mejorar las capacidades y cualificaciones demandadas en el mercado laboral, especialmente en el ámbito de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC)”.

Con respecto a las áreas de Ciencias Sociales y Humanidades, la situación es más preocupante, ya que sus centros de trabajo adolecen de la necesaria infraestructura para desarrollar proyectos de investigación propios del entorno en que vivimos, donde la digitalización forma parte de todos los aspectos de la vida. 

En ese sentido, parece evidente que se debe avanzar en la integración disciplinar y dejar atrás los compartimentos estancos que forman cada una de estas áreas por separado. La antigua idea del físico inglés, Charles Percy Snow recogida en su libro de 1959 Las dos culturas, hoy de plena actualidad, criticaba precisamente la brecha entre científicos e intelectuales. Para responder a los retos y a las preguntas de la sociedad actual se necesitan formar profesionales que sean capaces de comprender y analizar los desafíos de la tecnología desde un enfoque social y humanista. Ambas cuestiones, por tanto, resultan necesarias.

Además, la cualificación en formación específica de los humanistas relacionada con las tecnologías aplicadas a su campo de estudio es reducida y normalmente autodidacta. La interdisciplinariedad se circunscribe a su propio campo de estudio y cuando se precisa para la investigación de proyectos digitales se contrata a una empresa especializada externa de carácter técnico. En esta tesitura se impide el establecimiento de equipos híbridos que compartan información sobre sus herramientas o métodos que creen protocolos de interoperabilidad entre diferentes áreas de conocimiento.

Por su parte, la posibilidad de nuevos enfoques de investigación social basados en la innovación y el intercambio de ideas desde disciplinas experimentales se torna en una barrera estanca e infranqueable, que no termina de dar respuesta a las crecientes necesidades de flexibilidad y adaptación de las Ciencias Sociales y las Humanidades a los nuevos cambios y tendencias que está provocando la irrupción de las TIC.

Todo lo anterior, huelga decirlo, puede ser perjudicial para los propios académicos que se circunscriben a estas áreas y, coherentemente, consolidar el distanciamiento de estas áreas de todo lo que tiene que ver con los retos de la sociedad digital. Y ello, a su vez, puede tener repercusiones en cuanto a los índices de empleabilidad de los estudiantes.

 

POTENCIAR LA ALFABETIZACIÓN DIGITAL

El segundo problema al que aludíamos al comienzo se refería a las estrategias en materia de alfabetización digital. Según el informe Índice de Economía y la Sociedad Digital (DESI, 2020), España avanza en el proceso de digitalización y se mantiene por encima de la media de la Unión Europea (UE). Este informe valora desde 2014 la evolución individual y colectiva de cada país con respecto a la media comunitaria, a través de cinco grandes indicadores (conectividad, capital, uso de internet, integración de la tecnología digital y servicios públicos digitales). De esta manera, el documento se convierte en una referencia clave a la hora de marcar las directrices de los gobiernos nacionales en sus políticas prioritarias relacionadas con la economía digital.

De un total de 28 países, España se encuentra en el puesto número 11, por encima de la media europea, pero muy lejos de los países líderes en materia de digitalización: Finlandia, Suecia, Países Bajos y Dinamarca. En clave positiva, España es líder en despliegue de infraestructuras, se mantiene a la cabeza en materia de servicios públicos digitales, avanza en el uso de internet por parte de los ciudadanos y tiene un resultado significativo en la integración de la tecnología digital.

La única dimensión del informe donde España se encuentra rezagada es en las competencias digitales de la ciudadanía y el talento digital. Nuestro país se sitúa por debajo de la media europea en capital humano, un área que tiene en cuenta indicadores sobre competencias digitales, graduados y especialistas en Tecnologías de la Información (TI). En España, suspendemos en promover el avance científico y tecnológico del capital humano y no apostamos por su formación. Sigue habiendo una importante inadecuación de las cualificaciones, tanto en términos de naturaleza de las titulaciones como de campo de estudios de nuestros estudiantes, ajustándolos a los requerimientos del mercado laboral y, en particular, reforzando sus habilidades digitales y las competencias tecnológicas.

La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) presenta todos los años una extensa recopilación de estadísticas e indicadores de los sistemas educativos de los 37 estados que la componen, además de otros países asociados.

La OCDE, en su informe Education at a Glance 2020, analiza la evolución de los diferentes sistemas educativos, su financiación y el impacto de la formación en el mercado de trabajo y en la economía. A pesar de las altas tasas de titulados en educación superior en España, la oferta de cualificaciones digitales no se ajusta a la creciente demanda de la industria. En el año 2019, el 48,5% de la población de 25 a 29 años tenía un nivel de educación superior, mientras que la media de la UE es del 39,9%. No obstante, sigue habiendo una importante inadecuación de las cualificaciones en lo que respecta al área de conocimiento de las titulaciones; así como al contenido de los planes de estudio de estos. En el año 2020, el 11,3% de los trabajadores españoles
estaban infracualificados para su empleo, mientras que el 37,7% estaban sobrecualificados.

Entrando en detalle, la especialización en campos poco demandados en el mercado laboral de nuestros egresados hace que estos acepten trabajos por debajo del nivel de su titulación en empleos nada relacionados con ella (Salas Velasco, 2021). Además, la creciente demanda de oferta de especialistas en todos los campos de estudio con conocimientos TIC hace que las empresas tengan que formar internamente personas con baja o inadecuada cualificación en competencias digitales para estos empleos. Una combinación que limita nuestro crecimiento y la capacidad de innovación en la economía digital.

Si bien se han puesto en marcha programas de educación y formación en competencias digitales en todos los niveles, las iniciativas del Gobierno persiguen machaconamente el mismo objetivo: aumentar el número de titulados en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (CTIM o STEM por sus siglas en inglés). Y se pone especial énfasis en el objetivo de alcanzar una mayor participación en estos estudios de las mujeres en edad escolar. El porcentaje de especialistas en TIC en el empleo total aumentó y ahora se aproxima a la media de la UE (un 3,2% frente a una media del 3,9% en la UE). Respecto a mujeres especialistas en TIC, sigue estancado en un 1,1% del empleo femenino total, frente al 1,4 de la media europea.

El Plan de Formación en Competencias Digitales y Tecnológicas que puso en marcha el Gobierno en el año 2018 se centraba en ayudar a los titulados en TIC (el 3,2% sobre el total de los graduados, para satisfacer mejor la demanda de estos especialistas en las empresas). A pesar de estas iniciativas, los resultados de nuestro país en competencias digitales reflejadas por el DESI son preocupantes (aunque está mejorando su puntuación y avanza de la posición 17 a la 16 del ranking europeo): a día de hoy, casi la mitad de la población española carece de competencias digitales básicas y, en general, nos encontramos lejos de las grandes economías del continente.

Si bien es cierto que ocupamos una posición de liderazgo en el despliegue y calidad de las infraestructuras, los españoles estamos atrasados en el fomento de la alfabetización digital de la ciudadanía, en la formación continua de los trabajadores y, sobre todo, en la adaptación de los desarrollos curriculares de nuestros estudiantes a las necesidades del mercado laboral.

 

UNA APUESTA DECIDIDA POR LA COOPERACIÓN UNIVERSIDAD-EMPRESA

La respuesta a estas crecientes necesidades de conocimiento tecnológico pasa por la necesaria colaboración entre las universidades y las empresas. Este sería el tercer aspecto a tener en cuenta en relación a la empleabilidad de los estudiantes. Una mirada comparativa a nivel internacional del informe citado anteriormente muestra otras variables complementarias como son: la financiación de la innovación digital, el entorno institucional y el análisis del talento digital que ayudan a entender de forma más precisa la coyuntura digital.

En nuestro país la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) y la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) han acordado incrementar la participación de las empresas en la implantación de nuevos contenidos y métodos de aprendizaje en los planes de estudios de nuestras facultades con el fin de mejorar la empleabilidad de los titulados universitarios.

Además de los esfuerzos de cooperación entre la universidad y las empresas, la reducción de la correspondencia entre formación y necesidades del mercado de trabajo constituye un reto para España que depende también de otros factores: la falta de movilidad de los estudiantes, la escasa formación del personal docente en competencias digitales, la rigidez de las oficinas de prácticas externas y empleabilidad de los centros y la falta de transferencia de los conocimientos a la sociedad. Todos ellos son aspectos que han de ser tenidos en cuenta para reducir la brecha existente entre las demandas del mercado laboral y la oferta académico-profesional de las universidades.

 

CONCLUSIÓN

A lo largo de estas páginas se ha procurado suscitar una reflexión que nos acerque a pensar cuáles son los siguientes pasos que debemos emprender, desde diferentes estamentos, para favorecer una mayor empleabilidad de los estudiantes universitarios.

A pesar de la progresiva consolidación de las TIC en las empresas se viene poniendo de relieve la incorporación de profesionales provenientes del área de Humanidades y Ciencias Sociales. Para favorecer, pues, dicha sinergia, es necesario una mayor inclusión en los planes de estudios de los elementos tecnológicos referidos anteriormente. Dichos planes han de incluir objetivos generales y conocimientos específicos sobre la materia en combinación con competencias digitales y perfiles profesionales más elaborados en consonancia con los nuevos tiempos.

Finalmente, no podemos olvidar que educar en un mundo cada vez más digital y trabajar en entornos tecnológicos –con todas las implicaciones que ello trae consigo– precisa de un tipo de formación que solo pueden proporcionar las ciencias humanas. En lugar de excluir las humanidades, ellas deberían ser una parte protagonista de la transformación digital de nuestras sociedades

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